Un catamarqueño se autoproclama sommelier de nueces confitadas, buscando llenar un vacío en la tradición local.
En “Tres días en el bar”, una de las novelas más olvidadas de la literatura catamarqueña, uno de los personajes define a los sommelieres como las personas que indican qué vino tomar con cada comida. Aunque precaria, la definición no está desencaminada. La función del sommelier se relaciona con el disfrute y el análisis del sabor, y la actividad ha trascendido la enología para abarcar otros productos como yerba mate, café o incluso agua.
Ahora, en Catamarca, un vecino ha decidido convertirse en el primer sommelier de nueces confitadas de la ciudad. Asegura contar con numerosas credenciales —carnet del colegio de abogados, de la liga de veteranos, de OSEP, entre otros— y una vasta experiencia degustando este dulce típico desde su infancia.
Su plan consiste en probar cada nuez confitada producida en la provincia y elaborar informes detallados sobre envoltorio, textura y sabor. El análisis será riguroso, aunque admite que será permeable a sobornos y beneficios. El objetivo es profesionalizar la cata de este producto local, siguiendo el modelo de los sommelieres de vino, pero en un terreno más familiar y azucarado.
“Pueden enviar sus nueces confitadas cuando deseen. Pienso trabajar sin descanso porque, al fin y al cabo, ser sommelier de nueces confitadas, más que un trabajo, es un apostolado”, concluye.
