miércoles, 14 octubre, 2026

Valentín Yankelevich reveló maltratos tras la muerte de Romina Yan

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El hijo de la actriz Romina Yan contó que sufrió maltrato físico y psicológico por parte de su padre tras el fallecimiento de su madre. El caso generó repercusión pública y reavivó el debate sobre la incredulidad frente al relato de los niños.

La reciente revelación de Valentín Yankelevich, quien contó que tras la muerte de su madre, la actriz Romina Yan, sufrió maltratos físicos y psicológicos por parte de su padre, generó una repercusión inmediata. Siendo apenas un chico, relató lo que le pasaba a adultos de su familia. Algunos prefirieron no creerle; otros minimizaron la situación; otros justificaron la actitud del padre, que había enviudado de manera repentina.

Según trascendió, una psicóloga conocía la situación y, en lugar de adoptar recaudos para protegerlos, le trasladaba al padre la versión que los chicos le habían confiado, con lo cual los castigos se incrementaban o se agravaban.

Hubo que esperar a que Valentín y su hermano, también destinatario de malos tratos, se pusieran firmes pese a su corta edad. Debieron decirle a su abuelo que, si no los sacaban de ese hogar violento, se irían por cuenta propia para no volver jamás. Recién entonces los adultos intervinieron.

El caso adquirió estado público porque se trata de una familia muy conocida en el ámbito del espectáculo. Pero el maltrato infantil es un flagelo extendido en toda la sociedad, que atraviesa clases sociales, y que en la enorme mayoría de los casos transcurre en el silencio de los hogares.

La jueza penal Celeste Minniti, vocal titular de la Comisión Directiva de la Red Nacional Mujeres para la Justicia, hizo en una columna de opinión aportes sobre el tema. Señaló: «Lo que sucede cuando a un niño no se le cree, es que la pregunta cambia de lugar. Deja de ser qué le hicieron y pasa a ser si es cierto o dónde está el problema en él. Valentín contó que durante años sintió que no servía para nada, una frase que se la había dicho primero quien le pegaba, y los adultos que no escucharon la dejaron sin respuesta. Cuando por fin puede hablar, tal vez la prueba se perdió, los testigos ya no recuerdan y alguien le pregunta por qué no lo dijo antes. Lo dijo, pero pocos quisieron oírlo».

De allí que escuchar a los niños no sea un gesto de sensibilidad, sino un deber de los otros adultos de la familia del niño maltratado, que muchas veces son los primeros a quienes se recurre y los primeros en fallar por temor, comodidad o lealtades mal entendidas. Un deber también de las escuelas, donde los docentes ven cada día señales que no siempre se interpretan ni se canalizan y de los equipos de salud, cuyo rol de contención y detección resulta decisivo. Y, finalmente, también un deber de la Justicia, que tiene la misión de garantizar que la palabra de un niño sea escuchada, recibida con seriedad, con celeridad y con las herramientas adecuadas.

Cuando un niño habla, lo que está pidiendo es ayuda. Escucharlo a tiempo, antes de que sea demasiado tarde, es la única manera de que su voz no llegue, como en este caso, cuando ya han pasado los años y el daño está hecho.

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