Una adolescente en Catamarca y un grupo de varones en Buenos Aires difundieron en redes sociales situaciones de maltrato y agresión. Los hechos, que trascendieron por la exposición que los propios protagonistas les dieron, abrieron un debate sobre el impacto del ecosistema digital y los discursos violentos.
En Catamarca, una adolescente se regodeó del maltrato al que expuso a una compañera de la escuela. En Buenos Aires, un grupo de varones se mofó de un ataque en patota a personas trans. Ambos casos trascendieron por la exposición que los propios protagonistas quisieron darle en las redes sociales, donde hablaron a un público que, en el más inocente de los casos, creyeron reducido.
Los hechos ocurrieron en fechas recientes y fueron difundidos a través de plataformas digitales. En el caso de Catamarca, la adolescente habría expuesto a una compañera de la escuela, mientras que en Buenos Aires el grupo de varones se habría burlado de una agresión a personas trans.
Especialistas señalan que el impacto del ecosistema digital no se reduce a una mera virtualidad inofensiva. Lo que hoy presenciamos es la confirmación de que la red no aísla sino que contagia, amplifica y legitima. La violencia verbal, el desprecio por la vulnerabilidad ajena y el odio sistemático no se quedan flotando en el algoritmo, sino que se infiltran en la vida cotidiana, se instalan en la rutina, se normalizan y escalan a la acción.
Quienes graban la humillación ajena como si fuera un sketch humorístico no inventaron la crueldad; pero la reproducen con la impunidad de quien se siente amparado por un clima de época. Pareciera que ser vil y despiadado es la norma. En Argentina, los discursos de odio, el escarnio público, la deshumanización del que piensa distinto y el desprecio hacia las minorías llegan desde los estratos de poder más altos. Como muestra, un botón: “Los que se tienen que quemar en las hogueras son los hijos de puta”, dijo el presidente de la Nación para referirse a un grupo de periodistas y, lejos del silencio incómodo o el reproche, recibió el aplauso del auditorio. Cuando la agresión se institucionaliza como método de comunicación política, cuando la burla hacia el indefenso se celebra como provocación y el insulto sustituye al argumento desde las cúpulas del poder, el mensaje que llega a la sociedad es que la violencia es la forma.
Para muestra, otro botón: “Desde estos foros se promueve la agenda LGBT, queriendo imponernos que las mujeres son hombres y los hombres son mujeres sólo si así se autoperciben. En sus versiones más extremas, la ideología de género constituye lisa y llanamente abuso infantil. Son pedófilos”, dijo el presidente de la Nación ante el Foro de Davos en 2025, pese a que no existe evidencia alguna que demuestre que las personas homosexuales tengan más probabilidad de cometer delitos sexuales contra menores, e incluso los estudios señalan que estos delitos son generalmente cometidos por hombres heterosexuales en el entorno familiar y social.
Ahora las redes sociales aportan la escenografía y la ilusión del aplauso inmediato. El deseo de figurar y la búsqueda de validación transforman el dolor del otro en un contenido consumible y premiado por el algoritmo.
Es necesario recuperar las normas básicas de convivencia, que la empatía vuelva a ser un valor y la crueldad deje de festejarse. Ser mala persona debe volver a dar vergüenza. Mientras la crueldad siga rindiendo frutos en los ‘me gusta’, en las reproducciones, en interacciones, en risas cómplices del chat e incluso en votos; la situación no cambiará. La violencia hace rato pasó del discurso a la acción y es expuesta con orgullo. No es un problema de quienes sostienen el teléfono y lo muestran, sino de todo un ecosistema que lo avala y celebra. Hay que terminarlo.
