En un encuentro sobre poesía y otros medios, los expositores Vicente Muleiro, Pablo Maldonado y Cabral abordaron el sincretismo y la fe desde la poética, la fotografía y el ritual del Tinkunaco.
Cuando la discusión pública parece haber perdido el cauce del diálogo y el intercambio, más valiosa se revela la exposición del pensamiento.
Voy a detenerme en la exposición de la mesa que integramos junto al escritor y periodista porteño Vicente Muleiro y al fotógrafo y sociólogo Pablo Maldonado, de Santiago del Estero. La propuesta fue desarrollar ideas sobre “Poesía por otros medios”, sin conocer exactamente cuál sería el objeto planteado en cada exposición.
He aquí un registro escrito del perfil de la charla, para que la palabra perviva.
Muleiro: “El concepto de una poesía y de una poética que trascienda la escritura”
“La poesía escrita tal como la entendemos – o sea la que escribieron San Juan de la Cruz o Neruda-, ha sido pensada y discutida por filósofos, pensadores y aún científicos. En la antigüedad griega se manejaba el concepto de mímesis, copia, representación exacta, espejo. Para Platón esa mímesis degradaba la realidad”.
Muleiro, que además es dramaturgo, maneja el concepto teatral de la interpretación para ensayar la riqueza de la devolución de una imagen poética: “Aristóteles, en su Poética, lo corrige así: la mímesis no es una copia cruda, sino que puede interpretar o mejorar eso que se ve, representar en este caso no es copiar, es devolver una imagen con la impronta de quien la devuelve. Aristóteles piensa la poética para dos géneros de época, la comedia y la tragedia, pero lo extiende a todas las artes, y podemos decir que tal concepto prevaleció. Hablamos de películas poéticas, obras de plástica y de las artes visuales poéticas, paisajes poéticos y hasta de una tira de asado que es un poema. Gustavo Adolfo Bécquer lo personalizó: ¡Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.
Hablamos en este caso del valor agregado, digamos el IVA con que carga un texto, un paisaje, una obra plástica, una aria ¿Cuál es el sobrevalor para que digamos de una coreografía de un ballet o una canción popular que es poética?
Tengo una respuesta muy clara: no sé.
Quiero decir que siempre en eso que definimos o adjetivamos como “poético” habrá algo indecible por el simple hecho de que, si algo es “poético”, muy posiblemente sea algo que aún no tiene palabras ¿Por qué? Porque se ha agregado al mundo algo que hasta entonces, hasta su revelación como poesía, no estaba. Pero ¿qué se puede hacer? ¿qué se puede decir para no definir solo a la poética por su zona misteriosa, por su misterio?
Aquí algunas aproximaciones.
La primera sería rescatar el concepto de clinamen de Epicuro, un concepto que viene de la física. Todo está constituido por átomos, descubrió Demócrito; pero él decía que los átomos caen de modo recto sin desviarse y por lo tanto sin tocarse ni relacionarse entre sí. Epicuro dice que hay un desvío –a esto llaman clinamen- y que ese desvío es libre e indeterminado. Si los átomos del alma también sufren esta desviación, este movimiento libre da origen a la creación, al reordenamiento del mundo. Ahí nace la libertad, la posibilidad de salir del determinismo, de lo dado e inamovible. Curiosamente este concepto fue usado para la poesía –y lo podemos extender a todo el arte -; el clinamen de la literatura y de las artes es desobedecer, desviarse de lo dado.
Ese clinamen, esa aura, ese desvío esa novedad, ese valor agregado, ese – digamos- desorden, esa indeterminación, es la poesía y está en todas las artes.
Algunas de sus características, sus claves, son “el arte es un lenguaje que dice algo fuera del lenguaje”, o sea, presenta algo que no es fácil de definir.
Busquemos el clinamen, el aura, ese halo en alguna figura poética:
En el cuento “El fin”, dice Jorge Luis Borges: “Hay una hora de la tarde en el que la llanura está por decir algo, nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos y es intraducible como una música”.
La indeterminación: “nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente”. No lo puede definir del todo, hay una zona que se resiste al lenguaje: no lo entendemos o lo entendemos, pero es intraducible como una música.
Pluralidad de significados: ¿está diciendo que la caída del sol, el ocaso, es una poderosa metáfora de la vida y la muerte?
¿Está diciendo que el sol, al retirarse, nos recuerda todas nuestras pérdidas?
¿Está generando un borbollón en el alma que sintetiza el desasosiego y nos pide que lo dejemos así, que no le pongamos palabras?
Para cada uno puede decir todo eso, o solo algunas de estas y otras alternativas. De lo que estamos seguros es de que hay poesía y lo sabremos y lo intuiremos siempre: ante una película de Leonardo Favio, ante un cuadro desgarrador de Carlos Alonso; de pie ante un cerro nevado; ante un rostro súbito; ante la hormiga que vuelve sobre sus pasos y trata de recuperar ese trozo de hoja que se le había caído. Quizá no haya que caer en la omnipotencia de explicarlo: porque sabemos que ahí la poesía está”.
Maldonado: “Sostener la presencia en el mundo antes de apretar el disparador”
Para Pablo Maldonado, lo que verdaderamente ha movido a los primeros experimentos sobre fotografía fue el deseo. “Cartas del siglo XIX, previas al primer proceso fotográfico estable, resaltan el ferviente deseo de imitar el lápiz de la naturaleza”, dice.
“Aquellas primeras fotografías tenían un carácter profundamente artesanal. Dependían de la acumulación exacta de tiempo y luz. Se creaban con cámaras enormes a plena luz del sol por la lenta sensibilidad del soporte. Resultaban incómodas para quienes posaban (quienes debían inmovilizarse con arneses y sillas especiales). Tenían la peculiaridad de estar completamente invertidas: en tonalidad (lo blanco era negro y lo negro, blanco), en posición (lo de la izquierda estaba a la derecha; lo de arriba, abajo) y en escala. Eran, si se quiere, como un dorso, un reverso de mundo. Este carácter único de las primeras imágenes es el que inspira a Walter Benjamin a problematizar el aura y advertir lo que se pierde en la reproducción técnica.
Con el tiempo, los procesos se han acelerado volviendo la obtención de imágenes cada vez más rápida y accesible. Lo transversal de la fotografía, lo que nos une hoy con aquellos fotógrafos del siglo XIX, es la luz. Puesto en términos fenoménicos: la luz que surge de una fuente llega a todos los fenómenos y se reparte en todas las direcciones. Es la densidad, la forma y la disposición de unos vidrios (el lente) lo que hace que esa luz se concentre en una imagen nítida. Como seres humanos somos un fenómeno rodeado de otros fenómenos (otros seres, cosas, aire, tierra).
De ese intercambio surge un nuevo fenómeno cargado de huellas mutuas: en este caso, después de bailar, el jadeo, las risas, la transpiración, la motivación para charlar. En la fotografía con cámara, el sitio donde los haces de luz convergen y donde la sensibilidad fija –anota- ese contacto se ordena de un modo particular. A ese orden (o desorden) lo llamamos punto de vista y muestra las coordenadas espaciales y temporales que habitamos. El mundo está repleto de puntos de vista. La imagen fotográfica es una imagen técnica que deja constancia de que hubo un intercambio, un contacto desde un punto de vista. Volviendo a aquellas imágenes espejadas e invertidas: si las consideramos metafóricamente, tenemos frente a nosotros un mundo que es flor y fruto a la vez.
La mirada poética ocurre cuando entendemos que todo está en constante transformación y que el instante es inabarcable. Yaun así, la característica principal de esta mirada es la volición que le sucede: la voluntad de decir, de apretar un botón sabiéndose sensible, sabiéndose huella y camino, cultivo y cosecha todo a la vez.
Es ahí que la fotografía no es solo un medio de la imagen, sino un medio de la poesía. Alucinamos con la idea de estabilizarlo apretando un botón. Desarrollar esta mirada poética y sostener un punto de vista implica cultivar una actitud y una ética frente al mundo, cultivarse a uno mismo. Parte de eso es aprender y estar atentos/as al lenguaje visual que vivimos junto a los fenómenos que somos y que nos rodean. Hoy habitamos un mundo profundamente mediatizado.
Hablamos incluso de «fotografía no-humana», tomada por máquinas o drones automatizados con cámaras que reconocen objetivos y disparan con precisión algorítmica. Ante una leve emoción, la reacción inmediata suele ser sacar el celular, grabar o tomar una foto. En ese instante, desviamos la atención hacia una pequeña pantalla de pocas pulgadas y corremos el riesgo de perdernos el acontecimiento real, pues al intentar registrarlo nos convertimos nosotros mismos en un dispositivo de registro. El gran desafío de todo fotógrafo hoy es recuperar el disfrute de cada instante: aprender a sostener la presencia en el mundo antes de apretar el disparador”.
Cabral: “Poesía por otros medios: choque o encontronazo”
Entre el libre desvío que enriquece lo que conocemos y determina así la posibilidad de encontrar belleza en lo ordinario, y el lente humano y solo humano capaz de captar la transpiración del alma, está el hecho poético.
En la provincia de La Rioja existe una práctica ritual derivada de un relato de ficción como fue la presencia en los llanos riojanos de San Nicolás de Bari. Ante el descontento de las comunidades indígenas, el Niño Jesús se apareció envestido en Niño Alcalde y se ocupó de interceder para que los nativos no iniciaran una revuelta. En agradecimiento, el Santo italiano le besó los pies y le pidió al Niño Alcalde la gracia de convertir a los diaguitas al catolicismo. Fascinados por la presencia del mismísimo Niño Jesús, en adelante Niño Alcalde, los diaguitas aceptaron. Aunque no existen muchos registros de como se construyó la celebración, se sabe que, a partir de este encuentro o encontronazo de fe, según el planteo del investigador Jorge Ponce, todos los 31 de diciembre al mediodía se celebra en esa provincia el Tinkunacu, un ritual en el que convergen actos de fe católicos, paganos, y políticos.
Fe poética
Ponce parte del quechua y señala que “tinku”no implica simplemente un encuentro, si no que remite también a topamiento: el hecho de que dos fuerzas se enfrentan o chocan. El sufijo de reciprocidad: “nacuy”, refuerza la idea de toparse mutuamente.
Para Ponce el relato revela el conflicto entre dos mundos: el encontronazo. Leído desde la perspectiva indígena se trata de un relato atravesado por la conquista y la imposición. No existía un diálogo entre iguales.
¿Es posible traducir la poesía a otros medios? ¿Qué pasa con la poesía cuando sale de su territorio?
Si pensamos en la traducción de poemas de su lengua original, y la dificultad de expresar minuciosamente el desorden perfecto de la construcción de un poema, entenderemos que siempre hay algo que se pierde. Porque inclusive la traducción que mejor interprete la idea original, deja algo en los sonidos que cambian la cadencia entera del poema: el ritmo, la voz, la musicalidad o la repetición.
En su exposición sobre “Palabra y origen” en el mismo Encuentro, la poeta de origen paraguayo Dolo Trenzadora, expresó con alguna picardía el misterio que conserva el hecho artístico del poema con la imposibilidad de traducir en exactitud la ontología última de la poética de determinada cultura.
“Lo intraducible no es una falta a corregir sino el lugar donde la singularidad de una lengua – y del cuerpo que la habla – se resiste a ser absorbida; y que, en América del Sur, o más bien en todo el continente americano, esa resistencia tiene una dimensión abiertamente racial”, sostiene.
Cita a Emily Apter que propone lo intraducible no como aquello que no puede trasladarse, sino como “un núcleo de sentido que se niega a la equivalencia y que, al hacerlo, vuelve visible la política que toda traducción disimula: traducir bajo el supuesto de la equivalencia perfecta, tiende a aplanar las connotaciones y, con ellas, a habilitar la apropiación del otro desde el centro del poder”.
Y referencia: “Édouard Glissant lo había anticipado con su idea del derecho a la opacidad: el otro no me debe transparencia, no tiene por qué volverse del todo comprensible en mis términos para entrar en relación conmigo. Cuando dejo una palabra en guaraní sin glosarla, no escondo nada; ejerzo ese derecho y le pido a quien lee que sostenga aquello que no termina de poseer”.
Hay algo de custodia que se percibe en la exposición de Dolo Trenzadora que defiende la voz de su origen en lo que no se revela.
La india Juliana mató a su captor español en guaraní. Una poética de la acción sin necesidad de traducción. Justicia histórica y poética.
Volvemos así a la idea de Tinkunaco. Podemos pensar a la poesía por otros medios como un choque ineludible; ese encuentro con lo real que decodifica el desorden poético y le enviste de otros símbolos, así como los diaguitas hicieron con el niño Alcalde, y mantuvieron viva una nueva fe sincrética y conciliadora.
