miércoles, 15 julio, 2026

La historia de Lorenza, la última diaguita de Catamarca, y su amistad con un duende

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Relato de la vida de Lorenza, una mujer que habitó sola en la puna catamarqueña, y el vínculo que forjó con una criatura mítica de la región.

—Decime chinita pata de perro, ¿Con qué mano querés que te pegue? ¿Con la mano de lana o con la de hierro?

El aire se volvió tenso. La joven respiró hondo, el corazón le golpeaba como un tambor, pero no retrocedió. Esperaba verla temblar, tal vez suplicar. Se relamía de gusto, creyendo que sería una presa fácil de su juego cruel.

Pero esta hija de la montaña no era de las que se achican. Con un movimiento rápido, tomó el palo que llevaba para espantar zorros y, sin vacilar, le descargó un garrotazo.

—¡Con esta, bribón! —gritó.

Y al duende se le vino la noche: el golpe lo hizo rodar entre las piedras, las patas al desparramo; dejándolo medio tumbulucho y con el sombrero chueco.

—¿Y quién sos vos, que no te asustás como los otros? – preguntó apenas pudo levantarse. No respondió. Apenas sonrió, se dio vuelta y fue a cerrar el corral.

Intrigado, comenzó a seguirla de lejos. Cuando veía que salía a pastorear o buscar agua, acompañada de sus perritos, se colaba en su rancho para gastarle bromas —cosaquiando todo lo que encontraba, escondía las sogas, chapliaba las ollas o las cambiaba de lugar—, pero siempre recibía el mismo gesto: la risa tranquila de la muchacha.

Poco a poco, la distancia se acortó. Una tarde, mientras juntaba leña, la criatura volvió a preguntar:

—¿Y cómo te llamás, pastora brava?

Lo miró y, tras un silencio, contestó:

—Lorenza.

El nombre quedó flotando en el aire, como un secreto compartido.

Con el tiempo, en largas charlas junto al fuego, fue confiándole retazos de su vida. Le contó que había nacido solita en ese páramo, “botadita”, y que Tatita Dios y la Pachamama la habían cuidado para no morir de frío ni de hambre.

—Mis animales son mi familia — dijo una tarde, acariciando una llama— Por eso levanté estas pircas, pa’ que el león no les haga daño.

Él escuchaba con atención, como un niño ante un cuento.

Una tarde Lorenza invitó a su extraño compañero a recorrer los alrededores en busca de vainas de algarroba caídas. Juntos las recogieron con cuidado y las llevaron hasta la conana que usaba para molerlas.

—Mirá — dijo, colocando las vainas sobre la piedra—. Hay que machacarlas despacio, no con fuerza bruta. La harina debe quedar fina, casi como polvo.

El duende, impaciente por aprender, golpeó demasiado rápido y parte de la harina salió volando. Ella soltó un suspiro mezclado con risa.

—¡No, así no! — corrigió con firmeza—. Parece que querés espantar al sol en vez de moler la algarroba.

Se limpió la cara y retomó la tarea con cuidado. Una vez molidas las vainas, le enseñó a mezclarlas con agua y a colar la pasta para preparar la añapa. Cuando estuvo lista, probó un sorbo y arqueó las cejas, sorprendido por la intensidad del sabor.

Luego Lorenza lo guió en la preparación del patay: colocaron la harina en un molde improvisado con piedras y cocinaron la mezcla lentamente en el horno de barro que ella había construido con sus propias manos. El diablillo, curioso y torpe, metió la mano antes de tiempo y casi termina chamuscado.

—Hay que esperar, no apurarse —comentó.

Al caer la tarde prepararon, en un tarrito, un yerbiao con arca y lo compartieron junto a una tortilla cocinada al rescoldo, mientras descansaban al abrigo del horno tibio. Para dar ritmo a la charla, entonó una copla sencilla que había aprendido de niña, y el pequeño la escuchó con atención, como si en cada verso se le revelara un misterio. Fue en esos instantes, entre el polvo de la algarroba, el aroma del mate cocido y la quietud de la cordillera, que se fue tejiendo la amistad entre Lorenza y el duende, un lazo silencioso, firme, sellado por los días vividos y el peso de sus soledades.

Los años fueron pasando y la mujer, solo en contadas ocasiones, iba al poblado a buscar proveeduría, siempre caminando y acompañada de un burrito que cargaba la mercadería. Le confesó que nunca fue a la escuela, que no aprendió a leer, pero que conocía cada quebrada, cada vertiente.

—Yo busco el agua donde nace, en lo más alto de la montaña. Allá la Pacha me la regala. Y también contó, no sin risa, que más de una vez había huido hasta el último cerro para no escuchar a la gente que quería llevarla ni a los políticos que subían con promesas falsas.

—El pueblo no es pa’ mí —decía—. Mi casa es esta tierra.

Con el paso de los años se convirtió en su amigo inseparable: a la orilla del fuego, sobre unas brasas, preparaban cocho y conversaban sobre lo acontecido en el puesto. Un día notó que Lorenza ya no se movía con la misma fuerza. Le temblaban las manos y le costaba alzar los pies.

Había envejecido entre llamas, cabras y cumbres solitarias.

Una mañana de helada dura, quedó postrada. El duende, desesperado, corrió por los pedregales, silbó fuerte, y unos hombres que venían de Río Grande supieron llegar. Antes de que entraran, se acercó a su oído y susurró:

—Lorenza, vos me enseñaste a no tenerle miedo a la soledad, que no era un castigo cuando se compartía y ahora… esa soledad me va a doler porque me queda ese mismo silencio, pero vacío, sin tu risa, sin tus palabras…

Con un último esfuerzo, ella le regaló una sonrisa frágil, apenas dibujada, como quien entrega su último tesoro.

Luego llegaron más hombres, la cargaron para subirla a un pájaro de acero que rugía y levantaba polvareda. El duende, con los ojos abiertos y asustado, pensó: “¡Cómo se debe sangolotear la pobre en esa cosa!”.

Se tapó los oídos y escondido detrás de un arbusto, vio cómo se llevaban a su amiga, intentando guardar en la mente cada rasgo de aquel rostro que le había regalado un poco de su humanidad.

Nunca más volvió a verla.

Desde entonces, cuando la luna se alza sobre esos campos, entre los montes se escucha un silbido suave. Es el lamento del duende que guarda la soledad de Lorenza, recordando su voz, sus pasos y la fuerza de su andar solitario. Su recuerdo se convirtió en un suspiro que se pierde en el aire, un eco triste que nadie volverá a escuchar.

Dicen que fue la última diaguita, para el duende siempre será la pastora que lo venció de un garrotazo y lo convirtió en su entrañable compañero.

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