Por Lorena Elizabeth Monroy Quevedo
Nací de la urgencia y el valor, en un noviembre de 1976 donde la vida en Tucumán pendía de un hilo tan delgado como el humo de los ingenios. Mi origen, como el de otros, es el relato de una resistencia silenciosa: la de una madre adolescente que decidió caminar hacia la luz cuando el mundo se hundía en la sombra de los cañaverales.
En aquellos días de zafra, el aire tucumano no traía descanso, sino el rugido metálico de los camiones y el eco de las botas que quebraban la paz de los ranchos al amanecer.
Mi abuelo, guardián de una lengua ancestral que la dictadura pretendía sepultar, eligió el silencio como trinchera, mientras el Operativo Independencia convertía cada surco en una frontera vigilada.
Yo crecía en un vientre marcado por el miedo, mecido por los fríos comunicados de la Junta que brotaban de las radios de onda corta.
La noche que la violencia golpeó nuestra puerta, exigiendo pan y sumisión, una sentencia quedó suspendida en el calor asfixiante: «Está a tiempo», dijo un hombre de uniforme al tocar la panza de ocho meses de mi madre. Esas palabras fueron la señal. Antes de que el sol de la mañana lograra lamer la tierra, mi abuela ya había encendido el horno.
No horneó simples hogazas; amasó un salvoconducto.
Con una canasta de pan recién hecho apoyado sobre su vientre, un escudo de harina y calor, mi madre fue enviada de vuelta hacia el valle de Santa María.
La instrucción era un susurro sagrado: abrazar el pan, no decir palabra, ser una sombra entre las sombras en los controles de la Quebrada de los Sosa.
Ese olor a pan horneado fue el velo que cegó a los guardias, el aroma de la vida cotidiana que ocultó el milagro que latía debajo.
Cruzamos la frontera invisible entre el terror de la zafra y la paz del cerro. El viaje, custodiado por el polvo y la incertidumbre, terminó en Santa María, en el refugio de los Barrionuevo.
Allí, el 18 de noviembre, bajo el sol de la primavera calchaquí y la sombra de los algarrobos, las manos sabias de la partera Doña Juliana me recibieron.
No hubo hospitales, ni registros fríos, ni preguntas incómodas; solo aceites, telas y la protección de un hogar que sabía guardar secretos.
Soy la hijo de esa cadena de mujeres. Nací del pan de mi abuela, del coraje de mi madre y de la sabiduría de la partera. Mi historia es el testimonio de cómo, en el año más oscuro de nuestra tierra, una canasta de pan y el silencio del valle fueron suficientes para salvar la vida y permitirme, finalmente, florecer en libertad.
Pero para entender la magnitud de esta historia, como la de tantas otras, es necesario recordar qué sucedía en San Miguel de Tucumán y sus alrededores en aquel año:
El Operativo Independencia, iniciado en 1975 pero intensificado tras el golpe de marzo de 1976, Tucumán fue el «laboratorio» de la represión. El Ejército, al mando de figuras como Acdel Vilas y luego Antonio Domingo Bussi, ocupó los pueblos azucareros.
Los militares instalaron bases en los propios ingenios y escuelas. El control sobre los trabajadores de la zafra era total; cualquier reunión o uso de lenguas originarias era visto como un acto de «subversión».
La Escuelita de Famaillá, en donde pertenecía el Km 5 en el que vivíamos, fue el primer centro clandestino de detención del país, ubicado muy cerca de las zonas de zafra. Mi madre y mis abuelos vivían con el peligro real de las desapariciones forzadas que ocurrían a diario.
Los retenes militares en la Quebrada de los Sosa y en el acceso a los valles calchaquíes eran constantes.
El hecho de que mi madre cruzara con una canasta de pan hacia Santa María fue un acto de camuflaje vital, ya que los controles buscaban militantes o personas «sospechosas» que se refugiaban en la montaña.
En 1976, ir a un hospital público en Tucumán o Catamarca implicaba entregar documentos y ser interrogado. Doña Juliana representaba la seguridad del hogar, un espacio donde no se hacían preguntas incómodas.
Santa María en 1976, era el refugio del Valle, mientras en San Miguel de Tucumán el aire era irrespirable por la represión, Santa María (en el límite entre Catamarca y Tucumán) funcionaba como un paréntesis geográfico, aunque no exento de peligro.
Nacer un 18 de noviembre me sitúa justo en el corazón de la primavera calchaquí, cuando los algarrobos empiezan a dar sombra y el calor del valle se siente fuerte. Soy hija de la zafra y del valle.
Dedicado:
Para quienes convirtieron el miedo en harina y el viaje en esperanza. En memoria de aquel noviembre de 1976, donde el amor fue más fuerte que el fusil..
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