Uno de los argumentos centrales con los que el gobierno de Javier Milei justificó su programa económico fue que la estabilización macroeconómica y la reducción drástica del gasto público abrirían las puertas a una ola de inversiones. La promesa era similar a la formulada por Mauricio Macri en momentos en que asumió su gestión, cuando auguró “una lluvia de inversiones” que nunca llegó.
Milei, como antes Macri, está convencido que atacando el déficit fiscal y reduciendo el peso del Estado, el capital privado -local y extranjero- encontraría finalmente condiciones para desembarcar en la Argentina.
Según la estadísticas oficiales, analizando la relación inversión bruta interna/PBI, el gobierno de Milei registra los peores niveles de los últimos siete presidentes. Según la estadísticas oficiales, analizando la relación inversión bruta interna/PBI, el gobierno de Milei registra los peores niveles de los últimos siete presidentes.
Sin embargo, la realidad viene mostrando un panorama bastante más complejo. Según la estadísticas oficiales, analizando la relación inversión bruta interna/PBI, el gobierno de Milei registra los peores niveles de los últimos siete presidentes.
La explicación tiene, según analistas económicos ortodoxos y heterodoxos, varios componentes. El primero es la propia dinámica del ajuste. El programa económico se apoyó en una reducción abrupta del gasto público que incluyó, entre otras medidas, la paralización de la obra pública. La decisión contribuyó al equilibrio fiscal, pero tuvo efectos directos sobre sectores que dependen fuertemente de esa inversión estatal, como la construcción, la infraestructura y parte de la industria.
A ese escenario se suma la recesión que acompañó el proceso de estabilización. La caída del consumo interno redujo las expectativas de demanda, un factor clave cuando las empresas evalúan proyectos de inversión. Difícilmente una compañía amplíe su capacidad productiva si el mercado al que apunta se encuentra en retracción.
Además, la reducción de barreras a las importaciones generó un escenario de mayor competencia externa que golpeó especialmente a sectores industriales locales que ya arrastraban problemas de competitividad. En ese contexto, muchas empresas priorizan sobrevivir antes que invertir. También pesa el costo del financiamiento. Durante buena parte del proceso de estabilización, las tasas de interés reales se mantuvieron en niveles elevados.
Los únicos sectores que han visto incrementarse los niveles de inversión en los últimos años son la energía, la minería y la economía del conocimiento. Pero se trata de inversiones concentradas en áreas muy específicas, muchas veces vinculadas a recursos naturales o a oportunidades de exportación, y con escasa gravitación en la generación de mano de obra.
La experiencia argentina vuelve a mostrar que la estabilidad es indispensable, pero no alcanza por sí misma. Para que la inversión llegue, además de equilibrio macroeconómico se requieren expectativas de crecimiento, financiamiento accesible y un horizonte político que reduzca las incertidumbres. Mientras esos factores no se alineen, la ansiada lluvia de inversiones seguirá siendo, más que una realidad, una expectativa pendiente.n
