Un estudio realizado por el Observatorio Pulsar de la Universidad Nacional de Buenos Aires concluyó que un altísimo porcentaje de los jóvenes argentinos tiene poco o ningún interés en la política. El informe, basado en 2.500 encuestas presenciales a jóvenes de todo el país, señala concretamente que 7 de cada 10 jóvenes consultados manifiesta esa indiferencia, que abarca también al funcionamiento de las instituciones de la democracia. Hay una percepción, sostienen los autores, de que para esta franja etaria “la democracia no es un vehículo de cambio o de transformación”.
Es razonable que los jóvenes estén desilusionados de la política en un contexto de crisis como el que vive la Argentina desde hace muchos años, con restricciones estructurales para el desarrollo y la generación de empleo. El problema radica, en todo caso, en que la respuesta a esa desilusión no sea un mayor compromiso con la realidad sino todo lo contrario, un desinterés manifiesto por la política.
Aunque suene como un lugar común cada vez que se aborda el análisis de esta problemática, la política siempre incide en la vida de las personas y no es neutral. A veces esa influencia es para bien, en otras ocasiones para mal, es decir, gravitando en este último caso negativamente en la situación de vida de las personas. Si la gran mayoría de los jóvenes asume comportamientos que rechazan como herramienta concreta de cambio a la política, ésta seguirá cumpliendo ese rol, solo que las transformaciones, si no hay un control de la ciudadanía, es muy probable que beneficien a unos pocos en detrimento de las grandes mayorías.
Algunos testimonios recolectados durante el trabajo de campo permiten extraer algunas conclusiones. Los responsables de la redacción del informe indican que más un 40% de los entrevistados sostuvo por ejemplo que “no ha ido a votar teniendo la posibilidad de hacerlo”, o que “el 80% manifiesta que sus posicionamientos políticos están vinculados a los de la familia y que hoy no es un tema de interés ni de conversación entre pares”.
Para los jóvenes, la democracia es apenas un método de selección de los representantes, pero sin advertir las virtudes que constituyen el deber ser de esa representación. Para los jóvenes, la democracia es apenas un método de selección de los representantes, pero sin advertir las virtudes que constituyen el deber ser de esa representación.
El ausentismo a la hora de votar o la falta de debate entre los propios jóvenes respecto de cómo influye la política en sus propias vidas cotidianas es consecuencia pero también causa. Consecuencia de la desilusión respecto de la dirigencia política que debería representar sus intereses, pero también causa de que perpetúe este estado de las cosas: si no hay respuesta propositiva para transformar el rol de la política, volviéndola una actividad que mejore las condiciones de vida de las mayorías, la democracia seguirá siendo apenas un método de selección de los representantes populares, pero sin las virtudes que constituyen el deber ser de esa representación.
La tarea pendiente es volver a interpelar a los jóvenes para que se involucren en un empeño transformador de la realidad. Solo a través de ese compromiso podrán descubrir que la política y la democracia, lejos de ser ajenas, pueden convertirse en herramientas de cambios positivos en sus propias vidas.
