jueves, 5 febrero, 2026

Puertas adentro: la primera noche de Guaraz en la cárcel

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A las 18.30, el móvil policial que trasladaba a Ramón Elpidio Guaraz cruzó el ingreso del Servicio Penitenciario Provincial en Miraflores. No hubo discursos ni escenas públicas. Solo el rutinario procedimiento administrativo. El exintendente de Bañado de Ovanta, condenado a 9 años de prisión por abuso sexual con acceso carnal y privación ilegítima de la libertad agravada, comenzó formalmente su vida como interno.

Los recursos judiciales que presentó fueron desestimados y la sentencia quedó firme. Por la mañana, su abogado defensor declaró que insistirá ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación, aunque ya su asistido no esté en libertad.

La siesta en Bañado de Ovanta tuvo momentos de tensión en las horas previas. Un celoso operativo policial impidió a la prensa obtener imágenes del exintendente en su momento más oscuro: saliendo de su finca para empezar a purgar condena. Los periodistas que estaban apostados al frente de la tranquera, terminaron a 300 metros de distancia.

Algunos de los efectivos que alejaron a la prensa de la finca de Guaraz.

El ingreso a una cárcel no es inmediato. Es un pasaje. Una secuencia fría y reglamentada que va convirtiendo al detenido en un legajo. Ahora Guaraz lo sabe.

Primero el oficio judicial que ordena su alojamiento. Sin ese papel, nadie entra. Luego el acta de entrega entre policías y penitenciarios. Firma contra firma. Custodia contra custodia. Desde ese momento, Guaraz dejó de estar bajo responsabilidad policial y pasó al sistema carcelario.

Después llegó el control médico. Fue el segundo del día. La pericia busca constatar que el interno no presente lesiones y que no existan diferencias con la revisión previa. Todo queda registrado. En la cárcel, cada marca del cuerpo se documenta.

El fichaje fue el siguiente paso. Fotografías de frente y perfil, las clásicas que tantas veces vimos en las películas y series. Datos personales. Registro completo. La imagen que queda archivada no es la de un intendente, sino la de un interno más.

Concluidos los trámites, Guaraz mantuvo una reunión con los directivos del penal. Se deslizó que habrían tomado un café. Se le explicaron las normas. Conducta. Régimen. Visitas. Periodo de adaptación. El roce con los otros internos no es inmediato. Los primeros días se atraviesan en un sector especial diseñado para internos considerados sensibles, ya sea por su perfil público o por la naturaleza de los delitos que motivaron la condena.

Guaraz podría compartir pabellón con los criptoestafadores o con los expolicías, pero es casi imposible que se mezcle con la población general.

Servicio Penitenciario Provincial.

La cena se sirvió cerca de las 20, como cada día. El penal catamarqueño no tiene un comedor general, no hay ceremonia. Bandeja, ración y comer en silencio. Después cada interno vuelve a su habitáculo.

La primera noche suele ser la más difícil. Para Guaraz el encierro dejó de ser abstracto y se volvió físico: paredes, rejas, horarios que ya no dependen de la voluntad propia.

Un celador permanece cerca durante las primeras horas. Es parte del protocolo. El ingreso al sistema penitenciario es considerado un momento crítico desde el punto de vista emocional. La vigilancia no es solo disciplinaria: también es preventiva.

Lógicamente no se puede conocer cómo pasó la primera noche Guaraz, o qué sintió. Pero si se sabe que le espera un día movido, porque agitó el avispero antes de su detención.

A las 7.30 se abrirán las celdas para la ración de mate cocido con pan. A las 9 ya tiene su primer actividad: será trasladado hacia la sede de Fiscalía, donde lo espera el fiscal Hugo Costilla. Sus posteos en las redes sociales sobre el crimen del exministro Juan Carlos Rojas armaron un escándalo mediático y político.

Fiscal Hugo Costilla, a cargo de la causa Rojas.

Para Guaraz, la noche en Miraflores marcó el inicio concreto del cumplimiento de su condena. Afuera quedó la figura política que gobernó durante más de una década con ínfulas de sheriff. Adentro comenzó la vida de un interno que deberá atravesar años bajo reglas que no escribió y que no puede modificar.

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